miércoles, octubre 18, 2006

LA OSCURIDAD VINO DE AFUERA (fragmento)

Mis primeros recuerdos se remontan al kindergarten. Mi madre me llevaba a esa vieja casa en la que funcionaba una escuelita de medio pelo. Todavía no entiendo bien de donde surgió ese impulso primero. La precocidad es una explosión de energía dirigida, misteriosa y maravillosa. No estoy seguro de cual sería mi edad, cinco o seis años, a lo mucho. Fue antes de entrar al colegio, antes del primer grado, antes de ese otro acontecimiento que marcaría mi vida para siempre, y del que hablaré después. Por ahora es el kindergarten. Recuerdo la caminata interminable que cada mañana realizaba de la mano de mi madre, los besos de despedida, el olor a base para maquillaje que llevaba en las mejillas. Recuerdo la casa grande y venida a menos que habían adaptado, de mala manera, para que funcionara como centro de educación inicial, las rejas negras de altos y apretados barrotes, el olor intenso a comida, a frituras y aderezos que siempre me recibía al entrar, porque esa era la casa de mi profesora y ella tenía que ser ama de casa y profesora al mismo tiempo. En la sala-comedor habían dispuesto las mesitas y las sillitas para que los niños pudiésemos trabajar. En el patio sólo había un subibaja bastante desportillado y un columpio de llanta y soga en los que solíamos jugar al caer la tarde.

De ella no recuerdo casi nada, sólo ese olor fuerte en la cara de la mañana. Creo que se llamaba Rocío. Tampoco recuerdo cómo, sólo sé que de pronto, ella y yo, estábamos bajo una de las mesas. No puedo decir de donde surgió el impulso, sólo sé que nos estábamos tocando, arrodillados sobre el piso de parquet, mientras la profesora controlaba el hervor del guiso en la cocina. No sé tampoco cómo, pero teníamos la conciencia de lo prohibido, de lo necesario que era estar escondidos. Recuerdo, también, la fórmica roja de las sillas y los pies de los otros chiquitos.

Me pregunto si Rocío habrá llegado hasta dónde yo he llegado, si en el fondo ese fue mi primer encuentro con un semejante, con un prójimo verdadero. Porque es cierto que vamos por ahí encontrándonos con nuestros semejantes. De alguna manera, esa es la historia de mi vida, mi constante encuentro conmigo mismo.

Lo cierto es que esas fueron mis primeras caricias, el principio de esta larga y extraña madeja de tiempo y locura. Rocío en la distancia. El olor a guiso mezclándose con ese olor fuerte aferrado a las yemas de los dedos. Y después, el castigo, el primer castigo de mi vida, la profesora jalándome por el brazo, arrancándome a la mala de abajo de esa mesa, reprendiendo a Rocío, a punto de golpearme. Porque, para todos, yo fui el culpable desde ese día, yo había arrastrado vilmente a la pobre niña. Nadie comprendió que éramos tan sólo dos niños encontrándose, reconociéndose, nada más. La oscuridad no venía de nosotros, éramos, más bien, dos esferas de luz bajo la mesa, de luz blanca y cristalina. La oscuridad no venía de nosotros, venía de la profesora al momento en el que me jaló del brazo, venía de mi madre al castigarme. La verdad es que yo fui puro en algún momento de mi vida, y que, la oscuridad, vino desde afuera.


IMAGEN: “Cuando era puro”, fotomontaje por JAG, con fragmento de dibujo de Pescador.

Pueden ver algunas fotos en MIRADA AZUL